Otro Año Más Con Esta Loca Afición.

¡Seamos sinceros! Ser un escritor aficionado es vivir en un estado de eterna promesa. Es esa sensación de que el "gran libro" está ahí, flotando en tu cabeza, esperando a que por fin te sientes y dejes de mirar vídeos de gatitos en YouTube. Con cada inicio de año (o de mes, o de lunes), nos armamos de valor y redactamos esa lista de propósitos que, admitámoslo, suele durar lo que tarda en enfriarse un café.
Aquí te traigo un repaso, con un toque de humor y mucha honestidad, de esos propósitos que todos los que amamos juntar letras hemos jurado cumplir alguna vez.
1.
"Este año sí que escribo todos los días" (La gran mentira)
Es el propósito estrella. Nos imaginamos como Hemingway, con un whisky a las cinco de la mañana y una disciplina de hierro. Pero la realidad es que el martes tienes una reunión que se alarga, el miércoles Netflix estrena una serie y el jueves, bueno, el jueves simplemente estás cansado.
El consejo realista: No te fustigues. Si no puedes escribir dos horas, escribe quince minutos. O cinco. O una frase en la servilleta del bar. Lo importante no es la cantidad, sino no perder el hilo con tu propia historia.
2. El cementerio de libretas nuevas
¿Te suena? Pasas por una papelería, ves esa libreta de tapa dura y papel color crema y piensas: "Aquí es donde escribiré mi obra maestra". La compras, la hueles (sí, los escritores somos raros) y... la dejas en la estantería porque te da miedo "mancharla" con ideas mediocres.
El propósito real: ¡Ensucia la libreta! Escribe tonterías, haz listas de la compra, dibuja monigotes en los márgenes. Una libreta impecable es una libreta muerta. Un escritor de verdad necesita papel que sufra.
3. Matar al editor interno (y al síndrome del impostor)
Este es el propósito más difícil. Todos tenemos ese "enanito" en el hombro que nos dice: "Esto es un cliché", "Nadie va a leer esto", o la clásica: "Ya lo escribió alguien mejor que tú". Ese editor interno es el asesino número uno de la creatividad.
La estrategia: Aprende a escribir mal. Permítete redactar párrafos horribles, diálogos acartonados y descripciones aburridas. Ya tendrás tiempo de podar y pulir en la fase de edición. Ahora mismo, tu único trabajo es sacar las palabras de tu cabeza y ponerlas en el papel.
4. Leer como un animal
Decimos que no tenemos tiempo para escribir, pero pasamos tres horas al día haciendo scroll infinito en TikTok. Leer es la gasolina del escritor. Si no lees, tu vocabulario se oxida y tus ideas se vuelven repetitivas.
El plan de ataque: Lleva un libro siempre contigo (en el móvil, en el bolso, donde sea). Lee a gente que escriba mejor que tú para aprender, y lee a gente que escriba peor para darte ánimos. Todo suma.
Conclusión: Menos mística y más teclado
Al final, el único propósito que realmente importa no es ganar un premio ni publicar un bestseller. El propósito real de un escritor aficionado es, simplemente, no dejar de serlo. Seguir disfrutando del placer de inventar mundos, aunque nadie más los vea.
¿Y tú? ¿Cuál es ese propósito que siempre incluyes en tu lista pero que se te resiste más que un nudo en la trama? ¡Cuéntamelo y busquemos una excusa para no cumplirlo juntos!

La Trilogía de Nueva York: El Laberinto Posmoderno de la Identidad

Olvídese del detective rudo que resuelve el caso. En la "Trilogía de Nueva York" de Paul Auster, la verdadera investigación no es sobre el crimen, sino sobre la identidad misma. Publicada entre 1985 y 1986, esta serie de tres novelas (Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada) redefinió el género negro, transformando la bulliciosa Manhattan en un escenario de vacío existencial y búsquedas metafísicas.
El Detective que se Desvanece


Auster toma la estructura del hard-boiled (detective duro) y la subvierte por completo. En Ciudad de cristal, Daniel Quinn, un escritor de novelas de misterio, recibe una llamada telefónica errónea que lo confunde con un detective privado llamado Paul Auster. Este inicio no es un simple giro; es el primer paso hacia un laberinto de espejos. Quinn asume el rol, pero su investigación no conduce a la verdad, sino a su propia desaparición simbólica y física.
Este juego de metaliteratura es una de las mayores fortalezas de la obra. Auster no solo juega con la identidad de sus personajes, sino que nos obliga a cuestionar la autoría y la realidad del texto que estamos leyendo. ¿Es Paul Auster el escritor o es solo otro personaje dentro de la ficción?
La Soledad y el Lenguaje
Lo que unifica las tres historias no es una trama continua, sino el tema recurrente de la soledad radical y la incapacidad del lenguaje para comunicar o nombrar la verdad.
En Fantasmas, un detective llamado Blue sigue a un hombre llamado Black, por orden de un Mr. White. Los nombres son códigos, vacíos de humanidad, reflejando una existencia definida puramente por la función y la observación. Blue se convierte en un fantasma, el observador consumido por lo observado.
En La habitación cerrada, el narrador (sin nombre) se obsesiona con la vida de un amigo de la infancia desaparecido. Esta obsesión lo lleva a adoptar la vida del ausente, sugiriendo que la identidad es una máscara intercambiable.
La Nueva York de Auster no es el vibrante centro cultural, sino un paisaje desolado y frío, un lugar donde los personajes deambulan sin rumbo, perdidos en la multitud y consumidos por sus propios pensamientos. El espacio urbano es la metáfora de la mente fragmentada.
Un Clásico Posmoderno Indispensable
La "Trilogía de Nueva York" es esencialmente una meditación sobre el fracaso de la narrativa tradicional. Auster nos enseña que algunas preguntas no tienen respuesta y que el verdadero misterio no es quién lo hizo, sino quién soy yo.
Es una lectura obligada para aquellos que disfrutan de autores como Jorge Luis Borges o Italo Calvino, o para cualquiera que quiera entender cómo la literatura de misterio puede trascender sus límites y convertirse en filosofía.

¿Qué personaje de la Trilogía crees que representa mejor la angustia moderna: Quinn, Blue o el narrador sin nombre de la última novela? ¡Deja tu opinión en los comentarios y debatamos sobre el vacío en Manhattan!

Crónicas del chiringuito literario: lo que se comenta entre mojitos y novelas

En el chiringuito literario de la Playa de los Libros —una terraza ficticia, pero emocionalmente real— no se sirve solo tinto de verano ni se fríen sardinas: aquí se cuecen opiniones literarias al punto, se destilan recomendaciones entre hielos y se maridan letras con lima y ron. Bajo una sombrilla con más historias que un archivo municipal, los habituales del lugar se entregan cada tarde al noble arte del chismorreo narrativo.

—¿Has leído el último de Irene Vallejo? pregunta una señora con sombrero de ala ancha y uñas que parecen haber sido pintadas por Sorolla.
—¿El ensayo? No, yo solo leo cosas que hagan llorar o matar, y a ser posible, las dos cosas a la vez —responde un joven con gafas de pasta, barba bien recortada y una novela de Mariana Enríquez asomando del bolso de tela.

Así transcurre la sobremesa en este oasis de papel. Cada mojito desata una confesión literaria: “Yo abandoné Cien años de soledad en el año 23”, “A mí Bolaño me dio sueño”, “Lo de After lo leí por antropología, no por placer”. La sinceridad, como el sol de las cinco, no perdona.

La camarera, que estudia Filología Hispánica y escribe poesía los lunes, se acerca con una bandeja y sugiere, como quien ofrece chipirones:
—Si buscan algo fresco, les recomiendo a Samantha Schweblin. Terror psicológico con sabor argentino, ideal para la canícula.

Y así, entre sorbos y risas, se construye una guía de lectura tan ecléctica como la carta del chiringuito. A continuación, algunos “platos del día” literarios, probados y recomendados entre hamacas y críticas espontáneas:

  • La ridícula idea de no volver a verte – Rosa Montero: Ideal para quienes quieren llorar discretamente detrás de unas gafas de sol.

  • Nuestra parte de noche – Mariana Enríquez: No apta para lectores impresionables ni para leer en la oscuridad de la tienda de campaña.

  • El infinito en un junco – Irene Vallejo: El equivalente literario de un buen gazpacho: sabio, refrescante, clásico.

  • Los asquerosos – Santiago Lorenzo: Perfecto para quienes se sienten fuera de lugar… incluso en una hamaca.

  • Rewind – Juan Tallón: Crónica fragmentada con aroma a misterio, ideal para leer mientras se derrite el hielo del tercer mojito.

Al caer la tarde, cuando el sol se esconde y los lectores empiezan a buscar su toalla como quien busca una página perdida, se cierra la jornada con una máxima no escrita:



El mejor maridaje no es vino y queso, sino libro y conversación.

Así es la vida en el chiringuito literario: un eterno club de lectura en chanclas, donde la crítica viene con lima y la literatura se sirve con vistas al mar.



🌊✍️ Escritores que huyeron al mar: historias de autor y océano

 Hay gente que cuando piensa en verano se imagina chiringuitos, siestas largas y helados derritiéndose en la mano. Y luego estamos los que pensamos en libros, olas y escritores mirando el horizonte como si ahí estuviera la respuesta a todo.

Porque el mar no solo refresca. Inspira, sacude, sana o revuelve. Y si no, que se lo digan a algunos de los grandes autores que, en algún momento de su vida, huyeron al mar. A veces para escapar. A veces para encontrar(se). Siempre para escribir.

🌬️ Virginia Woolf y el oleaje de la conciencia

Pocas plumas han captado mejor el vaivén del pensamiento que Virginia Woolf. El mar era para ella algo más que un paisaje: era un espejo emocional. En Las olas (1931), sus personajes no dialogan como personas normales, sino como corrientes internas, con una prosa que fluye como la marea.

Woolf pasó largos veranos en la costa inglesa, especialmente en St. Ives, donde la luz del mar atlántico la marcó para siempre. Dicen que esa imagen se cuela en Al faro, una de sus novelas más íntimas, donde el mar es testigo silencioso de los cambios, el tiempo y la pérdida.

🌊 Melville y el monstruo interior

Herman Melville no entendía el mundo sin salitre en las venas. Embarcado en varios viajes como marinero, su experiencia en el mar fue tan intensa que parió a Moby-Dick, esa mole blanca de novela donde el océano es más que un escenario: es un personaje, un dios, un abismo.

Para Melville, el mar era libertad… pero también locura. De ahí que el capitán Ahab se lance a su caza suicida. ¿Quién no ha sentido alguna vez que perseguir lo imposible es mejor que quedarse en tierra firme, aburrido?

🌊 Sampedro y el Mediterráneo como memoria

Nuestro querido José Luis Sampedro encontró en el mar un espacio para recordar y para contar. En La sonrisa etrusca o La vieja sirena, el Mediterráneo no solo es un fondo histórico, sino un símbolo de conexión entre tiempos, culturas y amores.

Sampedro, economista de día y filósofo de noche, hablaba del mar como quien habla de una madre. Con respeto, con nostalgia, con ternura. Como si las olas fueran páginas en las que se escribe lo que nunca se dice.

🏜️ Rulfo: el mar que no se ve

Y ahora la paradoja: Juan Rulfo, el gran cronista del polvo y el silencio, también escribió sobre el mar. O mejor dicho, sobre su ausencia.

En su narrativa corta aparece a veces como un eco lejano, un anhelo, un lugar que no se alcanza. Pero esa distancia es poderosa. El mar, para Rulfo, era esa promesa que nunca se cumple, ese más allá que huele a escape.


Así que este verano, si te escapas unos días al mar, piensa en Woolf mirando las olas como pensamientos, en Melville persiguiendo ballenas imposibles, o en Sampedro escuchando historias en la espuma.

Y si te animas, escribe tú también algo junto al agua. Que nunca se sabe: igual la marea te devuelve con una historia nueva entre las manos.


📚 ¿Tienes un libro “con mar” que te haya marcado? Cuéntamelo en los comentarios. Que este blog también quiere salitre.



🌴💀 Verano sangriento: las novelas de terror que dan escalofríos incluso al sol 🩸 Porque no todo el mundo quiere mar, mojitos y novelas románticas bajo la sombrilla...

¿Te pasa que estás en la playa, el sol en lo alto, los niños chillando, y tú solo quieres leer algo que te revuelva el estómago? Algo que te haga mirar dos veces al socorrista, preguntarte si esa sombra bajo la sombrilla se está moviendo sola, o por qué el chiringuito huele a hierro y no a sardinas...

Si eres de los míos, este post es para ti. Aquí van 7 novelas de terror para un verano con hemoglobina, desde clásicos que te rematan el alma hasta rarezas que no conoces pero te dejarán el cerebro del revés. Y al final, te dejo un pequeño fragmento exclusivo de esa novela con vampiros en el Penal de El Puerto en la que estoy metido. 😉


📘 1. El verano de la carne – Shaun Hutson

Advertencia: no lo leas justo después de comer. O sí, si eres valiente.

Un clásico ochentero de vísceras y paranoia rural. En un pequeño pueblo inglés, el calor activa algo extraño en la carne de los animales. Pronto, los humanos tampoco se salvan. Terror visceral, ritmo frenético y una atmósfera opresiva. Ideal para leer mientras asas una chuleta en la barbacoa y te preguntas si realmente huele bien...

“La carne se movía. No en sentido metafórico. Palpitaba. Como si aún tuviera algo que decir.”


📕 2. Casa de hojas – Mark Z. Danielewski

¿Una casa más grande por dentro que por fuera? Sí. ¿Un laberinto donde se pierden tus miedos más profundos? También. Este libro es una experiencia física y mental, con páginas que giran, tipografías que te enloquecen y una historia que parece maldita. No es fácil, pero si lo lees en una noche calurosa... no duermes.

Perfecto si: te gusta lo experimental, te dan miedo los pasillos largos y estás listo para algo raro.


📗 3. Los chicos del maíz – Stephen King

No podía faltar el maestro. Esta noveleta incluida en El umbral de la noche es pura atmósfera veraniega retorcida. Sol implacable, campos de maíz, niños que te miran raro y cuchichean... y tú en un coche que se niega a arrancar.

Pro tip: léelo en una siesta. A ver si vuelves igual.


📙 4. Hex – Thomas Olde Heuvelt

Un pueblo idílico. Una bruja con la boca y los ojos cosidos que aparece donde menos lo esperas. Una app para avisar dónde está. ¿Qué puede salir mal?
Terror moderno, con móvil en mano y una historia tan bien construida que acabas con paranoia. No la dejes para leer de noche en un apartamento turístico viejo.

“No puedes evitar verla. Pero si hablas con ella… eso sí puedes evitarlo. ¿O no?”


📒 5. El ritual – Adam Nevill

Cuatro amigos, un bosque nórdico y algo que no es muy fan de los excursionistas. Este libro es brutal. Tiene esa mezcla de terror psicológico + criatura ancestral + crítica social que lo hace perfecto para un camping (o para prometerte que jamás harás uno).

Si tienes calor, este libro te enfría.


📓 6. La carretera – Cormac McCarthy

Vale, no es técnicamente una novela de terror. Pero su atmósfera es tan devastadora, tan angustiosa, tan… postapocalíptica que entra en esta lista con honores. Padre e hijo caminan por una carretera quemada, sin comida ni esperanza. Y aún así, algo los persigue.

Ideal si quieres llorar, temblar y replantearte todo en pleno agosto.


📔 7. El hambre – Alma Katsu

¿Y si la tragedia de la expedición Donner fue en realidad algo más que hambre y nieve? Este libro mezcla historia real con horror sobrenatural, canibalismo y tensión extrema. Un festín para lectores valientes. Si tienes pensado ir a la montaña este verano… mejor léelo antes.


🧛‍♂️ Fragmento exclusivo: El penal sangriento

“Lo vimos emerger entre la espuma, la capa pegada al cuerpo como si hubiese nacido del agua. El preso L. dejó de remar. El guardia, que hasta entonces reía, palideció. Lo que salió del mar esa noche no era humano, pero tampoco era bestia. Solo traía hambre, y no era precisamente de pan.”

Este verano sigo escribiendo mi novela de terror ambientada en 1942, en la costa de Algeciras. Hay presos que planean escapar, mares oscuros, y algo que llegó una noche de tormenta. Un vampiro muy poco glamuroso y muy real. ¿Quieres saber más? Suscríbete o deja un comentario y te mando un avance...




🎁 Bonus track: ¿Y tú, qué lees cuando el sol aprieta?

Déjame en los comentarios tu novela de terror veraniega favorita. ¿Eres más de brujas, de asesinos en serie o de monstruos marinos? ¿Lees con linterna bajo la sábana aunque haya 40 grados? ¡Te leo!


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