El Cuerpo

   En las noches erráticas de mi juventud salía protegido entre  grupos de adolescentes que jugaban a ser matones a las puertas de la madurez. Entre los que componíamos aquellas bandas escandalosas conocí a un chico que desde el día que abandoné mi ciudad, habita en los recuerdos distorsionados de aquellas noches. Él era apenas un trazo que la neblina difuminaba en la ciudad cada noche de aquellos años de impertinencias.

Escribo con la esperanza de que su amabilidad, la que la crueldad no pudo romper. Alguien debe dar testimonio de una de tantas historias olvidadas en las aceras de la ciudad.

La primera mañana de la última semana de un febrero gélido. Dos olmos, retorcidos por el viento en formas irregulares, se inclinaban sobre él como curiosos ante un hallazgo inoportuno. Tenía la cara hundida en el pecho y las rodillas prisioneras entre  las rejas que formaba sus brazos. A su alrededor la escarcha como frágiles espejos reflejaban el azul  invernal. Las prisas matinales y las preocupaciones propias de los viandantes lo cubrieron un manto de invisibilidad hasta el mediodía. Fue entonces cuando un niño prófugo de las manos maternas se acercó con descaro, observó un pequeño juguete mojado abatido junto al cuerpo, cerca de una mano derecha que ansiaba su contacto, el pequeño intentó cogerlo, pero su madre lo retiró de un brusco tirón.

– ¡Vamos, no molestes a este señor! — Y bajando la voz, añadió— Te he dicho que no cojas basuras de la calle.

Reanudaron su marcha con largos pasos que obligaban al pequeño a dar ridículos saltitos para mantener el ritmo. 

Ya por la tarde, el tránsito empezó a disminuir, el banquete de la vida parecía no ofrecer nada más, algunas personas distraídas mantenían absortas su paseo sin las prisas anteriores. 

Horas después el silencio se hizo dueño de la calle, cuando alguien se percató del bulto que ahora cubierto por sombras que cubrían el banco de la alameda, dio aviso a las autoridades y en unos treinta minutos fútiles ya casi inoportunamente se presentaron frente a él.

Después de observar, tomar datos, hacer fotografías y buscar en sus bolsillos alguna identificación, lo metieron dentro de una bolsa de plástico que con su crepitar rompió el silencio que mantenían los pocos curiosos que observaban. Los operarios izaron el bulto con indiferencia y lo transportaron dentro de la furgoneta negra, como si terminaran un trámite más. No se percataron del sonido húmedo y grave que produjo un objeto al caer al pavimento; un peluche gris empapado y ennegrecido por la escarcha, aquella tela raída era el único testigo leal que la furgoneta negra dejaba atrás. Un tierno osito ahora convertido en basura quedó olvidado bajo el banco. Todo hacía parecer que el asunto llegaba a su fin, la vida estaba impaciente para retomar su ritmo habitual. El peluche,  compañero fiel desde la infancia mostraba cicatrices similares a las de su dueño, lo aguardaba en el bolsillo de su abrigo donde de tanto en tanto y así servirle en los  momentos de zozobra, a pesar de la madurez volvía a él para percibir su tacto, su olor y arrastraba algún recuerdo de su madre.  Los  raídos restos del osito ya eran un lstimoso recuerdo de aquel juguete que nunca lo abandonó en las terribles tragedias que sufrió en su infancia y su fiel compañero en aquellos días en el hospital. 

 A pesar de las vejaciones sufridas, se enfrentaba al mundo con actitud amable, en su corazón no había sitio para el rencor, aunque a veces la desesperación y la soledad hacía que las sombras de resentimiento y dolor afloraran buscando respuestas que jamás serían satisfechas. Siempre intentaba ocultar, sin mucho éxito el deseo de ser uno más. Solo llegaba a sentirlo cuando bebía, aunque él sabía que no era real solo una ilusión, los que él creía sus amigos; meros visitantes casuales de la noche de los bares que en cuanto notaban su extrema necesidad de afecto y amistad no dudaban en bromear y aprovecharse de su generosidad. 

Su ojo vago era una ventana desencajada por donde se escapaba su alma hacia el pasado, la espasticidad de su brazo derecho y la leve cojera les infundía cierta teatralidad a sus movimientos además de un extraño aspecto. No recordaba muy bien desde cuando era así, el único recuerdo que mantenía de su infancia era el diminuto peluche que su madre acostumbraba a darle vida delante de él con voz muy graciosa cuando sentía miedo; algo muy habitual cuando llegaba su padre a casa. Pero aquella noche de los gritos fue distinta, solo miedo, voces y dolor. Cuando se despertó del coma, la cara de su abuela llorando fue lo primero que vio, para inmediatamente sentir los besos que ella no paraba de darle. Su abuela intento con todo el amor que pudo que el rencor no anidara en su corazón, y lo consiguió a medias, a veces cuando la soledad se hacía presente, pero su odio no era hacía nadie en especial, ni siquiera se concretaba en alguna circunstancia. En su corazón latía un extraño sentido de culpabilidad, por no hacer nada para defender a su madre, o por no ser lo bastante fuerte para haber evitado su asesinato, o cualquiera que fuera el motivo para hacerse responsable.

Tal vez sea por lo que sus conocidos le llamaban  “Luisito” con sarcasmo, otras personas les susurraban vocalizando en exceso con tono burlón, como si su aspecto físico tuviera alguna relación con su intelecto; pero en su infancia Luis había tenido que soportar peores vejaciones.

 Nunca supo dar fin a las eternas noches de fiesta ni tampoco decir que no a la última copa. 

— Solo… una más, jefe. Para el frio del camino. Yo… invito a estos señores, que son… muy buena gente— 

Era el primero en llegar y el último en irse y siempre con el cerebro embotado por el alcohol.


—¡Vamos!, que la noche es joven— animaba frecuentemente para evitar que los grupos se disolvieran dejándolo como el último testigo de la noche, agarrado a la barra del bar, con la cabeza caída hacia abajo, como si buscara algo en el suelo, mientras su mano tullida buscaba en su bolsillo con nerviosismo.  

Los habituales de algunos bares eran las personas que realmente lo conocían. Lo apreciaban a pesar de que siempre al terminar la noche, ya ebrio, afloraran las semillas oscuras que su alma ocultaba. Nadie comprendía por qué consumía con aquel exceso las cerillas destinadas a iluminar toda una vida. Si por él fuera, habría incendiado la cajetilla en una última fiesta. Consumía la vida con grandes tragos y su alma nadaba en un mar destilado.

La última vez que lo vieron la oscuridad gobernaba sobre la ciudad cubriéndola de sombras y secretos. Su voz ya poseía ese inteligible acento de alcohol. Desapareció bajo la lluvia, entregado al frío de la madrugada y el viento invernal.

El osito quedaba abandonado sin su dueño, sufriendo los embates del viento, sucio y manchado con resto de vomito.








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